Palabra aborigen perteneciente a la etnia Pilagá, naturales que habitan en la actualidad en el centro-oeste de la provincia de Formosa y que significa, en nuestro idioma, perro.
Francisco, aborigen pilagá, oriundo de Pozo Molina, paraje de muy difícil acceso, tenía un Piock, célebre entre sus paisanos por la sagacidad y capacidad para la actividad cinegética. Además, su expresión era tal, que si fuera un humano diría que era un ser risueño. Por tal motivo, Francisco lo llevaba en su viaje mensual a Las Lomitas - ciudad formoseña- y se pavoneaba con él, contándole a quien se acercara, que el Piock era su principal fuente de sustento.
Tanto entusiasmo ponía en su alocución, que le daba casi un marco mágico a sus aventuras con el Piock.
Transcurrido un tiempo, el perro de Francisco, viejo y cansado por tantos años de cacería, murió despanzurrado por los colmillos de un majan (jabalí).
Un fatídico domingo del tórrido verano formoseño, Francisco volvía a su rancho. El Piock, pese a su avanzada edad y al calor reinante, iba adelante, olfateando cuanta huella encontrara a su paso, parándose a ratos y, mientras sus orejas se movían en varias direcciones, escuchando los diferentes sonidos del monte tratando de diferenciarlos, sus ojos - más cerca de la ceguera que de la visión óptima- se afanaban intentando horadar la espesura del monte.
Francisco, cansado y abstraído en sus pensamientos, casi ni se percataba de él. La cacería había sido muy pobre: sólo un cuero de iguana colgaba de su cinturón y debía alimentar a su familia, que estaba al borde del hambre. Siempre pasaba lo mismo en verano; el maestro se iba y los problemas de comida se agravaban. El comedor escolar era imprescindible en estos lugares, donde cada vez más la fauna escaseaba. Sembrar era imposible, pues el verano todo lo calcinaba y con la sola recolección de frutos del mistol y el algarrobo no alcanzaba.
Sus instintos lo movían sólo para esquivar las ramas del espinoso monte que atravesaba y a alguna yarará cascarrabias, enloquecida por el viento norte. Su caminar cansino marcaba su desánimo.
De golpe todo cambió. Su cuerpo se irguió cuan alto era, sus músculos se tensaron. Su mirada antes mortecina, ahora brillaba y lanzaba como rayos fulgurantes, tratando de seguir al Piock y a lo que éste perseguía ladrando furiosamente. Su forma de ladrar fue lo que alertó a Vicente y puso su maquinaria de guerra en marcha.
Seguramente, Piock perseguía un chancho del monte - alimento codiciado- o varios. Debía apurarse, pues si éstos se empacaban, se ponían más temibles que el yaguareté. Desechó a éste, porque Piock no lo hubiera seguido; a los guazunchos no los perseguía y el león (puma) o el coatí enseguida se suben a un árbol; y el perro ladraba hacia abajo y avanzando. Tenía que ser un chancho del monte.
Se movió rápido por entre el sucio monte; no sentía los numerosos arañazos que la flora - que en esa desesperada forma trataba de salvar a la fauna- le ocasionaba a su transpirado y recio cuerpo.
Luego de una corrida de unos veinte minutos, los ladridos se escucharon en un solo lugar... y ya cerca.
Cuando sorpresivamente bordeó y sobrepasó unas matas, un enorme majan se le vino encima apuntando sus afilados colmillos a su pierna desnuda. Su instinto y magnífico estado atlético, más la intervención de Piock lo salvaron. Saltó a una rama que resistió su peso, aunque casi pierde la escopeta.
El Piock, que había logrado hacer empacar al jabalí - curiosamente solitario,- siempre andan varios individuos juntos-, ante el ataque a su adorado amo, arremetió contra el furioso animal; pero ya su cuerpo no tenía el vigor y la elasticidad necesaria y el majan, de dos dentelladas, lo despanzurró. Francisco, con sus ojos desorbitados y llorosos, contemplaba la terrible escena sin animarse a disparar por temor a herir al Piock.
Cuando éste, tripas afuera quedó fuera de combate, Francisco de un certero disparo ultimó al majan.
Bajó rápidamente al lado del Piock que agonizaba. Introdujo las tripas adentro del cuerpo inerte y alzándolo con la mayor delicadeza, buscó ayuda.
Poco antes del hecho, durante la persecución, había escuchado un ruido, como el de un camión.
Corrió y corrió... cuando llegó al camino, solo quedaban rastros y polvo en suspensión del vehículo que pasó. Era el camión del vecino, sucio y ruidoso como un tanque de guerra, que pasó raudo.
Ya no importaba... Piock había muerto.
Aun así conservaba su expresión.
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Saludos.
Carlos
RAUL
BYE BYE
RAUL